Este fin de semana me he enterado (como casi siempre con retraso) de que tenemos seguidores habituales, aprovecho la ocasión para daros las gracias y colgar uno de mis “viejos” relatos, con el deseo de que sea de vuestro gusto.
El Encuentro
Me noto agazapado, sitiado por una oscuridad cerrada. Tal parece que una pandilla de adolescentes inquietos, armados con tirachinas artesanos, fulminaron con atino notable las luces del firmamento.
A decir verdad, ni yo mismo podría explicar la situación. Por momentos me siento llevado de la mano en una certeza absurda, o bien, parezco encontrarme en estado onírico deambulando por un mundo abstracto. Lo único innegable, ya sea soñado o vivido, es que estoy en mi realidad. ¿Acaso el alma es capaz de distinguir entre sus cicatrices cuáles fueron fruto de odiseas exotéricas o de fábulas esotéricas?
Mis ojos vigilan, aunque ciegos por la ignorancia. Lentamente me enderezo, perplejo, sostenido por articulaciones temblorosas. Me pongo en pie abducido por una fuerza. Una fresca emoción franquea mi cuerpo de pies a cabeza. Soy una frágil botella llenándose de licores embriagadores.
Mi entendimiento oscila entre dos preguntas: ¿Adónde he llegado? ¿Estuve siempre aquí? Extiendo mi brazo. La mano abierta con la palma hacia lo alto. Aguardo, quizás alguien deposite una respuesta. Estoy impedido por el infinito.
Escucho un sonido de pasos. Todo mi ser, como un buen guardián, en disposición de alerta. Las pisadas son más notorias, los andares se vuelven lentos. La adrenalina me anuncia que ya están aquí. El sonido se extingue… renovándose mediante mi respiración entrecortada. Creo ser observado.
Mi voz, apenas perceptible, surge extraviada:
- ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
- ¿Y tú me preguntas? Me responde una voz clara y rotunda.
- Quiero saber…
- ¡Quiero saber! ¡Quiero saber!... ¡Todos deseamos saber! ¿Acaso te conoces? Entonces… ¿Por qué preguntas quién soy? ¡Mírate!: ignorante, aturdido, exigiendo una respuesta, incapaz de rendir tu arrogancia ante lo desconocido. Tu memoria es débil ¿no extendiste tu mano? ¿No pedías respuestas? Pues, acá me hallo.
Aún perdura la última nota de su voz cuando un amanecer inverosímil acaece en el lugar. En cada átomo un destello de luz. Mi altiva coraza es hielo en un desierto abrasador. De la propia luz se desprende una silueta ondulante. Una claridad ambarina avanza hacia mí. Al igual que la llama de una vela, embauca mi conciencia. Inerme y sometido le manifiesto:
- Desconozco lo que soy. ¿Eres tú…? ¿Eres la Luz?
- Así me llaman algunos…
- Muéstrate como eres. Despójate de tus disfraces. –Le pido sin titubeos.
- ¡Hum! Una brizna de insolencia todavía mora en ti…
No transcurre más tiempo que el intervalo de mi pestañeo y el paisaje asoma mutado. Ante mis ojos se alza una figura… mi figura, un rostro… mi rostro. Contra mis oídos, como en un rompeolas, se estrella una carcajada impetuosa.
- ¡No eres más que el Diablo! Grité crispado.
- ¡El Diablo!... ¡Dios!... ¡La Luz!... ¿Acaso puedes tú separar las páginas de una hoja?...
- Me ofreces ayuda y sólo obtengo burla de ti. Te necesité, te busqué ¿dónde te encontrabas? Ahora… ahora ya es tarde le digo afligido.
- Tantos nombres me visten que precisarías cien años de tu existencia para citarlos uno a uno ¿a cuál de ellos debo responder? Te abraza la luz, sin embargo tu mente nada en aguas oscuras. Nuestra esencia está medida por relojes desacordes…
Su mensaje suena sereno. Las palabras sumidas en el desaliento arrastran un deje de melancolía. Es únicamente un breve espejismo. La Voz, con tono encolerizado, me habla de nuevo:
- Pediste mi imagen… te la concedí. Te divisaste en ella y no comprendiste… ¡Yo...! ¡Yo lo soy todo!... ¿Por qué imploras a Dios soluciones? ¿Acaso no te concedí el don de la inteligencia? Yo no soy tutor de cuerpos…
Me siento como un recipiente puesto a fuego lento, repleto de conceptos nuevos que van bullendo lánguidamente. Rebosan y puedo percatarme del poso de desconsuelo que en mí resulta.
Quiero replicar, defenderme. Presiento que me van a enjuiciar, pero apenas unas palabras apocadas salen de mí:
- Siempre me acorde de ti…
- Escaso es tu mérito… Si fueses invitado al Paraíso… ¿te conformaría contemplarlo a través de un cristal?
- …Siempre fui hombre equilibrado. Clamé por la paz de mi tierra, de mi gente… ¡Paz! Salió de mis labios como un disparo certero . La paz Tú la predicaste, Tú…
- ¿Yo? ¡En ningún tiempo he postulado nada!... Mi único quehacer es perdurar. Ahora ¡silencia tus palabras! Rezuman egoísmo por todas sus letras. Mencionas como algo propio lo que es indivisible y pertenece a todos ¿acaso la Paz es solamente bien de unos pocos? ¿Establecí Yo fronteras? Hablas de tu gente… ¡Todo! ¡Todo me pertenece!
Me parece estar en una pesadilla inquietante: solo, en el centro de una glorieta, rodeado de calles infinitas, forzado a emprender un camino. Observo las avenidas ¿Debería quedarme en la plaza?
Salgo por un instante de mi abstracción y pregunto:
- ¿Estamos celebrando mi Juicio Final?
- Yo no soy juez.
Dichas estas palabras sus facciones se difuminan. La silueta gira y comienza a distanciarse de mí. Apenas puedo distinguirle entre la claridad y a mis oídos tan sólo llegan suaves murmullos de pasos. Mi cuerpo reacciona como impulsado por un resorte. De manera atropellada marcho tras aquel Ser. Grito angustiado, enloquecido:
- ¿Por qué te alejas? ¿Cuál es mi destino?
- Nulo parece tu aprendizaje, sigues los pasos de imágenes ilusorias. Obligado estás a descubrirme en cualquier expresión. Tu carne es sabedora de su meta, tu alma transitará en pos de la suya.
- ¿Quién…? ¿Quién eres? –Le interrogo abatido.
- La Vida… exclusivamente, La Vida.
De nuevo me noto agazapado, aunque algo ha cambiado. Reconozco la habitación donde me encuentro. Me mantengo inerte sobre una cama. Una máscara de oxigeno atrapa mi rostro. De la cabeza, del pecho, de los brazos y de las manos surge un caos de cables y tubos que a modo de cordones umbilicales mantienen mi cuerpo unido a la vida. Máquinas, monitores, botellas de oxigeno, bolsas de plasma y recipientes con suero. Fantaseo con estar atrapado en las entrañas de un robot gigante. A los pies de la cama dos médicos intercambian unas palabras, mientras, uno de ellos cubre unos impresos. A mi derecha una enfermera repone una botella de suero y al otro lado un monitor anuncia mis constantes vitales. En la pantalla líneas y números de colores marcan un compás.
El monitor comienza a emitir agudos pitidos y al son del reciente sonido: números y líneas inician una nueva coreografía…