Sí, lo sé, el título me ha quedado soso, pero al fin y al cabo esto no es un relato:
Hacía tiempo que no cogía el autobús de la forma que lo hago ahora, quiero decir, de lunes a viernes en el mismo horario. Lo cual implica que se suelen ver las mismas caras, y esas personas a las que pertenecen esas caras se hacen casi familiares, aunque no las conozcas en realidad. Y poco a poco y casi sin darte cuenta hasta vas conociendo en qué parada se suben y en cual se bajan y a dónde probablemente se dirigen.
Aunque siempre me acompaño de un libro y el recorrido es de media hora como mínimo, no puedo leer, nunca lo he hecho y nunca lo haré sobre ruedas, soy de esas personas que se marean en coche, y si fijo la mirada en un libro ya ni os cuento, en fin, al menos ya no vomito como cuando era pequeña, algo es algo. Por tanto, ante el aburrimiento y la sensación de perder más de media hora sin hacer nada salvo soñar despierta que es gratis y solo mando yo, solo me queda observar, pero no observar por observar, sino a la caza y captura de cosas interesantes, curiosas...y bueno, entre otras cosas, ya apareció un personaje fijo y muy curioso con el que coincido a la ida, por la mañana quiero decir.
Un día como otro cualquiera, a unas pocas paradas después de la mía, entró un señor mayor, y coincidió que se sentó a mi lado. Delante había una señora sentada, también mayor, y bastante gorda. Después de un rato, la señora preguntó por un sitio concreto y dónde debía bajarse. Al parecer, le indicaron mal y cogió el autobús equivocado y no sabía qué hacer. Fue el hombre de mi lado quien le indicó la única solución que parecía quedarle; debía bajar en cierta parada y luego andar un poco hasta el lugar al que quería ir. La señora le dijo que no podía andar tanto, que estaba mal de las piernas, ya sabéis:
Edad avanzada+ Obesidad= Mala circulación, fórmula matemática donde las halla.
El caso es, que existía una segunda opción como le hizo saber mi acompañante de asiento; bajarse en otra parada y enlazar con otro autobús. Problema resuelto. Pero todo esto dio pie a que entablaran conversación, a la cual ya no presté atención porque mi mente ya se había ido otra vez a la luna aunque en apariencia miraba por la ventanilla. Sin embargo, y después de un rato, bajó de sopetón a la realidad al ver que el señor de mi lado cogía el brazo de la señora. Le daba una especie de masaje. Fue entonces cuando sí presté atención, y oí de boca de la señora: “¿Entonces es usted un santo?”, y yo pensé: “¡Ay por dio! ¿Qué me he perdido?”, y el hombre dijo: “Sí…”
En resumen, al parecer el hombre curaba a través de sus manos, la mujer le preguntaba insistentemente por su dirección para poder ir a visitarlo y seguir disfrutando de sus servicios curativos, el hombre le dijo que no, que él no cobraba, que lo hacía en el autobús gratis a quienes se lo pedían. Después de darse por vencida, le propuso que llamara a un programa de radio que ella oía por las noches donde se hablaba de esos temas, que debía darse a conocer, que podría hacer mucho bien, que era un santo. A esto el hombre accedió y parece que tomó nota del nombre del programa y del sitio desde donde se emitía. Entre tanto, la mujer no dejaba de comer pipas, mirarnos a todos los demás, aunque en esta ocasión éramos pocos en el autobús, y repetir “¡Este hombre es un santo! ¡Este hombre es un santo!”
Al fin llegó la parada donde debía bajarse la señora, agradecida al santo, bajó el escalón del autobús y desapareció, al parecer, con la circulación más fluida. Fue entonces, cuando a mi santo acompañante, que llevaba una cajita de cartón, se le cayó todo su contenido. Se había desparramado un montón de crucifijos pequeños de madera. Lógicamente le ayudé a recogerlos, y mientras él los introducía otra vez en su cajita de cartón me preguntó si quería uno. Le dije que no, que gracias. Y me volvió a preguntar “¿Tú no tienes fe, no?”, y le dije: “No”, y volvió a decirme: “Bueno, cada cual tiene derecho a pensar lo que quiera ¿verdad?”, y le contesté: “Claro”.
He de aclarar, que dicho así parece que fui muy seca, pero no, le contesté con un tono y gesto amables, faltaría más, una es agradecida, después del entretenimiento que menos…
Un par de paradas más y el hombre se bajó.
Cada mañana vuelvo a verlo, y normalmente anda curando a algún viajero, y cuando me ve, me dedica una sonrisa a la cual yo respondo, aunque me temo que la mía es del tipo Gioconda, imprecisa.
Siempre se baja en la misma parada y me pregunto a dónde se dirige, no está en edad de trabajar, me da a mí que no está haciendo un curso de verano, y al médico no se va todos los días, así que no sé qué hace y a dónde se dirige todas las mañanas tan temprano.
Cuando lo veo, lógicamente lo observo, pero ocurre, que como normalmente estoy en Babia, cuando reparo en él, ya está con las manos en la masa, bueno, en los brazos de algún viajero con dolores (ay, dicho así también suena raro), así que salvo con la señora aquella, no sé cómo esos otros viajeros contactan con él, si es que ya lo conocen, si es que surge de manera casual como con la señora…Por tanto me lo he tomado como un misterio a desentrañar y un remedio contra el aburrimiento, y he de darme prisa, no creo que coja por mucho más tiempo el mismo autobús, y no me refiero solo porque a mí los trabajos me duren poco, sino que nos trasladamos a otro sitio, eso sí, deberé seguir cogiendo un autobús, aunque otro número claro.