Tengo varios relatos en marcha, aunque ahora estoy con uno al que trato de darle un carácter épico. Con el fin de animaros a poner los vuestros y para romper el hielo pongo este, escrito hace tiempo, que en su momento pasó desapercibido.
El hombre elefante
Ayer cumplí 81 años de vida en el exterior, aclararé este dato, digo en el exterior porque no cuento los nueve meses y tres días que pasé en el vientre que me engendró. Si me pudiesen ver se encontrarían con un tipo enjuto, no muy alto y con una mirada que todavía explora a su alrededor en busca de algo nuevo.
Estoy en un gran salón, sentado en una butaca desvencijada. Mi piel parece fundirse con la del viejo butacón de cuero, cuarteado como el cauce de un río extinguido. La habitación es amplia, su planta es un cuadrilátero perfecto, quizás, en el momento de su diseño vagaban por la mente de un arquitecto soñador imágenes de un luchador, asentado en el centro de un ring, disputando día a día continuos asaltos contra la propia vida. En una de las paredes tres grandes ventanales parecen nacer del mismo suelo y como plantas trepadoras alcanzan un techo desconchado. Dos de ellas, izquierda y derecha, cegadas por pesados cortinones. La tercera, aunque la cortina permanece recogida, tiene una persiana a medio bajar, o ¿debería decir a medio subir?, o ¿es simplemente una cuestión del ánimo? Puede que no sea más que pura lírica y se trate de un enorme párpado que se debate soñoliento, como mi razón, entre luz y oscuridad. A mi derecha una chimenea que se conserva sin albergar calor, se fue enfriando paso a paso al igual que mi cuerpo. Antiguas manchas decoloran lo que en su tiempo fueron ladrillos de tonalidades vivas; residuos caprichosos que tiznaron de la misma forma el pelo de mi cuerpo. Frente a mí una enorme biblioteca, crecimos juntos como grandes camaradas. Apenas era una pequeña estantería abarrotada de libros que con el paso del tiempo fue cubriendo una de las paredes del salón. En sus repisas, acartonadas tapas que atesoran páginas amarillentas repletas de vidas y muertes, inventos y fiascos, inicios épicos y finales estrepitosos; idas, venidas, y estancias más o menos felices. Voces siempre dispuestas a relatarnos estampas de nuestra existencia. El sol se filtra a través de la persiana, dibuja en el aire un pentagrama dorado en el que volutas de polvo flotan entre línea y línea escribiendo acordes silenciosos.
Me siento oprimido en la habitación. No es la aparente falta de actividad, como a primera vista pudiera apreciarse, lo que realmente me angustia. Es la sensación de sentirme interrogado por una voz resuelta a conquistar los recónditos laberintos de mi cerebro, cargada de indeseadas preguntas en espera del momento adecuado. Busca espinosas respuestas que sólo se transforman en palabras cuando nos sentimos naufragar, cuando comprendemos que nuestra parte inmortal se desprende de nosotros, cuando vislumbramos, ya tarde, lo que somos. Es el momento, sí, debo ponerme en pie y dejar atrás esta habitación, esta casa; una estela cargada de sensaciones. No suenan trompetas que puedan anunciar un evento, ni siquiera sonidos tenebrosos que desgarran los tímpanos, tampoco una figura harapienta acecha mis pasos. ¿Por qué iba a ser diferente del resto de las cosas? ¿Acaso no se escucha la mar antes de tenerla ante los ojos? ¿No puede olerse la humedad de la tormenta previamente a que esta descargue sobre nosotros? ¿Es necesario ver lo que pisan nuestros pies descalzos para saber que caminamos entre arena? Es mi hora, sin más; porque hubo un día en que arribé por estos parajes y ahora es el instante de marcar otro rumbo en mí vagar.
Deserto de la casa sin mirar hacia atrás ¿Por qué iba a hacerlo? Nada dejo. ¿Acaso no es el cuerpo como un baúl enorme donde vamos guardando celosamente nuestro equipaje? Alegrías, lágrimas, triunfos, fracasos, aromas, colores, sabores; un inmenso atrezo que en demasiadas ocasiones portamos de manera desordenada, ¡cuánto tiempo perdido rebuscando sensaciones que ni siquiera recordamos haber guardado! Atravieso las calles entre el bullicio de la gente y un tráfico incesante. Camino despacio hasta alcanzar las afueras de la ciudad, seguro de ir al lugar adecuado.
Me encuentro en lo alto de un verde cerro cortado bruscamente por los azotes de olas espumosas. El aire sopla con fuerza, casi podría decir que con rabia, como si tratase de avivar un rescoldo escondido en mi interior. Sentado en un banco espero. El sol luce el fuego eterno, el viento ondea la ropa, la tierra sostiene los cuerpos con firmeza y la mar amansa los deseos; el círculo se completó. El corazón cesó de latir y el cuerpo permanece inerte, no hay sentidos, tan sólo queda mi esencia. Puede incluso que alguna persona se esté acercando y trate de averiguar si me hallo en el sueño de los vivos o en el de los muertos. La vida, en tantas ocasiones cruel, ha sido benévola en mi final. Gracias: por no mostrarme falsos túneles de luz que no conducen a sitio alguno; por no hacerme ver, a velocidades desmesuradas, irrisorios fotogramas en donde todo lo realizado por uno se transforma en una burda película cómica; por tu guiño de respeto. Apenas me quedan unos minutos. El oxigeno del cerebro se agotará y con él, como si de vapor se tratase, se irá mi conciencia. Vida, conozco tu secreto. Siempre citada como sabia pero no por ello exenta de error. Abandonas mi cuerpo para comenzar en otro tratando de enmendar tu continuo desacierto. Algún día obrarás el milagro, los seres nacerán con el conocimiento y experiencia de sus antepasados, entonces, será el momento de la eternidad y tuyo será el derecho a que ellos te llamen Dios.
Ahora, para mí, todo terminó.